Todos en algún momento nos damos esos famosos 10 minutos para poder dormir un poco más, sin saber cuánto nos costara eso.
Así empezó mi día, el despertador sonando, yo mas dormido que despierto lo mire unos
instantes y de la nada empecé a calcular el tiempo que me quedaría si duermo 10 minutos más, si me levanto a tal
hora será tanto, a desayunar tanto, luego el camino hacia el metro-bus y el autobús a la escuela será tanto tiempo. Con
esas cuentas tan exactas me di el lujo de dormir un poco más. Al despertar
nuevamente me di cuenta que no fueron 10 minutos sino 25 minutos los que había dormido.
Lo cual me levante como loco para irme a bañar, ya saben uno de esos baños súper exprés
que te sales todavía con jabón en el cuerpo. Me dirigí a desayunar un poco, lo
cual recordé que no tenía nada en el refrigerador, y pues decidí prepararme un café
y comer un poco de pan. Sin darme cuenta
que el pan que escogí era demasiado viejo y casi me tira un diente de lo duro
que estaba, sin mencionar el café que me escaldo la lengua de lo caliente que se encontraba.
Una vez terminando mi
sano desayuno, tome mis cosas como pude,
recogí mis llaves y me puse en marcha a la escuela, pensé que lo peor ya había pasado.
Al salir de mi casa observe que yo no era el único que tenía prisa por llegar a
su destino, parecía una competencia, de un
lado podía ver a la madre que jalaba del brazo a su hijo porque también se les
hacia tarde para el colegio o al señor que se dirigía a su trabajo. En ese momento me puse a pensar, porque diablos no me levante a
tiempo, mientras seguía caminando al metro-bus. Al llegar al semáforo toda la gente esperaba a que este cambiara de color y diera la señal
de siga, nuevamente me sentía como en una feroz competencia esperando como cualquier competidor a que dieran
la señal de salida, cuando cambio el semáforo de color todos empezamos a avanzar. Una vez dentro de la estación del metro-bus me dirigí al pasillo para poder abordar el camión, y para yo poder entrar al
camión tuve que teclear a unas cuantas personas, incluyendo a una abuela que no me dejaba pasar con su bastón. Una vez dentro del camión empece a valorar más el levantarme a tiempo.